López Holmes

Su olfato de detective le decía a grandes voces que era un asesinato. Mientras los enfermeros cerraban unos ojos ya sin mirada, López estaba seguro que había sido envenenado. Treinta años de servicio no solo servían para que se mofasen los “niñatos” de la Academia, con ese lenguaje de “escenario del crimen”, “perfiles”, “tecnología” y guantes de goma, ¡bah!, paparruchas. El veía más cosas en el humo de su cigarrillo que esa panda de imberbes en una serie entera del “ceseí”.

El fiambre tenía la cara morada como los infartados, pero a mí no me la dan, todos saben que los infartos se pueden provocar, -yo lo he leído, sí, en una revista de mi mujer-.

Ya se imaginaba recibiendo la felicitación del comisario y poniéndole como ejemplo ante los “beibis” de la comisaria… -¡con este caso doy el golpe! Demostraré que los “eres” son para los albañiles, no para los polis.

El cuadro era de los que no engañan, seguro de vida, divorciado, ex mujer, amante y una botella de Vino de Jerez abierta que perfumaba la estancia.  Estaba seguro, y además la autopsia lo confirmará: que los “polifenoles” esos, algo tienen que ver.

Soren

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