Aristocrisis

Con esa dictadura exacta del reloj, aparecía a las dos  por el comedor. Traje, bastón, perilla y un monóculo caduco. Su sitio reservado al fondo, opaco a ruidos y molestias.

Con delectación cerraba los ojos y elevaba su nariz para apreciar el alguarín de olores que se mezclaban en la sala, garbanzos, sofritos, ajos, todos formaban la sinfonía diaria del mediodía.

Se prendió la servilleta y el vapor de la sopa le empañó el monóculo, después la carne y la tarta.

Con displicencia tomo su bastón y saliendo comentó: Sor Mercedes,..felicite al cocinero.

La monja esbozó una ligera una sonrisa.
Soren

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