La oreja

De vez en cuando le gustaba limpiarse los oidos. Introducía con cuidado un bastoncillo y rebañaba delicadamente todo el pabellon. Tenía la teoría que de todo aquello que no quería escuchar se quedaba dentro de la oquedad auditiva.

Ese dia, al sacar el bastoncillo, prendido en él aparecieron tres o cuatro frases: “necesito ayuda”, otra “donde estas”, “te necesito”, “soy yo, y te estoy hablando, perdoname”.

Desde aquel dia todos en el trabajo le llamaban “Ramón, orejas sucias”.

Soren

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