El peligro del plancton

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Igual que lo hacen las ballenas con el plancton, igual hacía Elisa con la vida: abrirse hasta el extremo y dejar entrar todo. Después seleccionaba lo potable, lo nutritivo, lo agradable. El resto lo expulsaba sin miramientos, al día siguiente.

En esas entró un pececillo que fue creciendo y creciendo dentro.  Al cabo de unos años, el pez le dijo a Elisa: “Tenemos que hablar” y ella roja de ira destapó su orificio para expulsarle a presión. Elisa cerro fuertemente los ojos y al momento salieron disparados, entre gotas de lagrimas, el pececillo, su corazón y sus sueños, quedándose vacía y varada en la orilla.

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