Grillos sin coger

Treinta años sin noticias de ella, pensó, mientras miraba por la ventanilla del Alaris.

No la había vuelto a ver desde que ella le dijo que, los billetes del tren los guardara él….por si su madre los descubría pues desde hacía un tiempo tenía la sensación de que revolvían su cuarto y el día de la escapada estaba cerca. Las relaciones estaban muy tensas entre ellos desde que se enteraron que salía con él. Que si es un “donnadie” que si su padre tal y cual pascual, pero lo que a ella solo le importaba era él y solo él, sin pensar ni un solo segundo si iban a comer lentejas o judías, si iba a ser médico o mecanógrafo, si le gustaba el fútbol o el baloncesto. Ella solo quería acariciar el mechón de cabello moreno que le caía por la frente molestando a la ceja izquierda. Las razones por las cuales el amor se manifiesta se esconden a veces tanto que se hacen invisibles y lo que es peor, inexplicables, destructoras.

La recordaba frágil con diecisiete años, con una salud tan segura como el agua en una cesta, pero alegre y radiante. A veces se enfadaba cuando iban de la mano porque él le introducía su uña entre la uña de ella y la yema del dedo -! Tonto, que me haces daño ¡ y él solo lo hacía para verla enfadarse.

Recordó como les gustaba  París. Le imaginaban soleado siempre de fiesta, con calles anchas -que nunca llegarían a llenar-.

-Algún día te tengo que llevar a París, a ver la torre Eiffel.

– me encantaría..lo sabes, decía ella.

Ahora algunas veces, sobre todo cuando se jubila el verano, siente que su vida no se ha vivido. Como si su existencia hubiera permanecido en un perpetuo tiempo muerto de un partido que, obviamente iba perdiendo.

A veces, en la soledad de una tarde frente al ordenador corrigiendo algún trabajo  de algún alumno de doctorado, piensa que lo verdaderamente importante es lo innecesario,  lo necesario no es importante, su carrera, el dinero, su posición, los premios, etc., todo eso es lo necesario, pero no lo imprescindible, lo verdaderamente importante es jugar los partidos intensamente y él lleva demasiados años calentando el banquillo.

-Perdone señor, ¿está ocupado este asiento? Le dijo un niño de unos once años mirándole a los ojos.

-no, no, puedes sentarte, caballerete. ¿Cómo te llamas, campeón?

– Me llamo Pilatos…- Pedro no pudo evitar dar un respingo.

– Si, eso hacen todos los mayores cuando les digo mi nombre, aunque no sé porque lo hacen, pero ya me ha acostumbrado y no me importa nada.

Pedro se perdió entre sus pensamientos mirando al niño como si quisiera ver en su pelo el de ella y en sus ojos los suyos, pero al instante  los desechó cuando vio a la madre dirigirse al niño y darle un yogur de macedonia…

-Toma que es de frutas, del que toma Bob esponja. Le decía mientras le alargaba el recipiente ya abierto.

De nuevo se acordó del pobre Tío Dionisio. Al final pudo más el cáncer. La última vez que le vio fue hace cinco años. Era un hombre que se hacía querer y Pedro era su sobrino preferido. Recordaba cómo se afanó –cuando joven- en que estudiara medicina. Incluso le pago los estudios en Barcelona aunque para ello dejo de hablarse con su propio hermano, el cual siempre le culpó de alejarle de su hijo. El siempre le había dado la razón a su tío, pero a estas alturas de la vida no estaba tan seguro. Se había perdido muchas primaveras, muchos amaneceres en el campo, muchas salidas de sol y muchos grillos sin coger, sepultado entre probetas, matraces y bacterias de todo tipo.

El funeral sería el jueves por la tarde. Sabía ya lo que le esperaba, muchos besos de vieja, de esos que te dejan en la mejilla el paso de los años. Iba a ver a viejos amigos- lo de viejos, dicho en todos los sentidos- pero sobre todo iba a verla a ella.

No sé si se atrevería a hablarle, y si lo hacía no sabía si la garganta se le iba a escapar del nudo. También vería a Juan su entrañable amigo, quien se convirtió con el tiempo en su marido. Se casaron mientras él estaba en Massachusetts, trabajando en un proyecto que le reporto un galardón muy importante de una Fundación americana, ¡malhaya!.

Los tres eran inseparables, volaban por las calles riéndose de los demás críos que se aburrían en los días de lluvia, mientras ellos se mojaban hasta calarse y pisoteaban los charcos ¡qué tiempos aquellos! Luego después, no conseguí mojarme nunca más, aunque estuviera en medio de un aguacero permanente.

A Juan a principios de aquel Diciembre le diagnosticaron velocidad en la sangre  y tuvo que estar en cama durante meses. Esos meses fueron los que nos unieron más intensamente a Isabel y a mí. Sin saber porqué empezamos a buscarnos más y más hasta que un día de golpe le dije:

-Isa…sabes? Creo que me enamorado de ti.

-Sí, ya lo sabía, a los chicos se os nota a la legua.

Nunca supe cuando surgió la idea de llevarla a París. Nos iríamos los dos,  recorreríamos sus calles y no volveríamos jamás. Viviríamos sobrevolando los rayos del sol.

-Estáis locos¡ dijo Juan, no os dejaran’

-Está decidido, ya le he quitado las dos mil pesetas a mi madre. No hay vuelta atrás, ¿verdad Isa?, y ella asintió. Ahora comprendo la expresión de rabia que se asomó a su cara.

El día señalado no pegué ojo en toda la noche.  Llegué  a la estación media hora antes de lo acordado, a la cuatro de la mañana. La niebla me cercaba impidiendo ver mi negro destino. Pasó la media hora y después, el pitido del tren en la madrugada y una calle solitaria. Subí al tren, mirando expectante a su calle, esperando verla venir, mientras me resbalaba una lágrima por la mejilla. Nunca  supe qué  pasó aquella madrugada, me parece que aún la sigo esperando con un pie en el escalon del vagón.

Según me dijo Juan, a la semana siguiente; su madre se enteró y le impidió llegar a su cita. El nunca entendió como pudo enterarse la madre, quien se fuen de la lengua, quien, en fin , los habia traicionado ¡si solo lo sabían los tres!, si ella le dijo que le acompañaría, ella no pudo fallarles…. Demasiadas preguntas sin respuesta.

El tren comenzó a refrenar su marcha, y empezó a ver por la ventana cómo se paraba la estación delante de él. Recogió su maleta y avanzó por el angosto pasillo. Descendió hasta el andén y mientras cruzaba el andén se sobresaltó al oír una bocina como esa que usan en el baloncesto cuando termina el tiempo muerto y se reanuda el partido… o fue el pito del tren al continuar su marcha?

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